Hay un momento bastante ingrato al escuchar un disco: la voz empieza a raspar, los platillos pierden definición y uno se queda mirando la tornamesa, tratando de recordar si esa copia siempre había sonado así. Antes de culpar al prensado, conviene levantar el brazo y mirar la aguja con buena luz. A veces lleva pegada una pelusa diminuta, recogida durante la reproducción, que basta para entorpecer su contacto con el surco. Quien compra usados conoce bien ese pequeño hallazgo, sobre todo cuando el disco trae años de polvo guardados en una funda de papel.
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